Un año menos un día

21:00



Mañana, 19 de marzo, hará un año que falleció mi abuelo. Mañana hará un año de esa llamada a las nueve y algo de la noche. Mañana hará un año que tenemos una estrellita más velando por nosotros en el Cielo. Es curioso pero los humanos tendemos a recordar lo que queremos olvidar y yo recuerdo perfectamente las emociones de ese momento porque coincidió con un momento vital realmente malo, o bueno quizás. Coincidió con el Llama momento más brutal.

En ese momento hacia regresiones a vidas pasadas casi de forma automática a la vez que tocó limpiar karma familiar para ayudar al traspaso de mi abuelo. Coincidió con la primera noche oscura del Alma.... Y quedé, literalmente, desolada. Me quedé floja, insomne y atolondrada hasta los huesos. Me quedé que ni era, ni estaba. Nada. Sentía tanto que no sentía nada y llegué a pensar que el corazón me iba a parar de latir, de golpe. Recuerdo, incluso, que notaba que me podía poner derecha porque alguna fuerza exterior y amable me sostenía o hubiera sido imposible levantarme. Sentí que eso era peor que toda la enfermedad y el dolor de los años anteriores pero ¿Sabes lo que también sentí? Que no podía seguir así porque mi abuelo me iba a reñir.

Porque mi abuelo era todo genio y figura. Era divertido y era lo que no había. Para que veas lo que era mi abuelo te diré que el hombre siempre iba a comprarme las entradas de los conciertos. Iba a una tienda donde los dependientes llevaban tattos y crestas, e iba con su gorrilla, su traje y su corbata. Estoy hablando de hace veinte años. Él me fue a comprar las entradas hasta que la salud se lo dejó de permitir. En fin, pues ahí iba mi abuelo cada semana, con su papelito y su letra bonita pidiendo entradas para Paradise Lost, Dio, Helloween, WASP, S.A., Medina Azahara, Manowar, Blind Guardian, Gamma Ray... Y uno de esos días el dependiente le preguntó si le compraba las entradas al nieto cuando (en vez de decir que eran para la única nieta de los cuatro)  le respondió que no, que eran para él y para su novia. El dependiente, obviamente, no volvió a preguntar nada más y nosotros aún nos reímos de las cosas que sólo se le ocurrían a él.

Porque él era como era, un cordobés rubio de ojos azules que parecía más de Munich que de Cabra, un enamorado de las flores y de Granada, goloso a más no poder... un hombre sencillo y, al mismo tiempo, singular. Un hombre que era hombre, era esposo, era padre, era abuelo y bisabuelo, como tantos otros, como ningún otro. Un hombre y un abuelo que me hubiera cogido de las orejas si no hubiera logrado reponerme. Un hombre que me ha enseñado a ser fuerte y que ha dejado un legado que las siguientes generaciones vamos a continuar. Un hombre que me ha enseñado con su ejemplo y que me ha mostrado, tras su marcha, que la muerte sólo es un paso, un traspaso, a otra etapa.

Un hombre que me ha enseñado que la verdadera heroína de la historia es mi abuela porque ha perdido a la persona con la que compartió 70 años de su vida, que se dice pronto, pero que sigue adelante como una valiente.

Y es gracias a su traspaso que yo he podido ver la fuerza de mi linaje femenino, en él, en mi abuela, en mi madre, en mis tías y en mi misma. Que he podido notar la fuerza de la tribu, de los orígenes, de mis ancestros. Y es gracias a él, y a ese paso, que bendigo el don de poder ver más de una capa de realidad porque gracias a eso puedo volver a verlo a mi lado.

Me hubiera gustado, en esos momentos, tener a mi lado físicamente a mi Llama Gemela porque fue un verdadero golpe perder a mi abuelo con el añadido de las circunstancias, incluso me hubiera gustado que se llegaran a conocer pero después de un año menos un día de vivencias y experiencias también he aprendido a aprender que tengo todo lo que necesito para crecer en cada momento y he aprendido a agradecer. Agradecer que he conocido a tres de mis bisabuelos, que a los 36 años aún tengo una abuela maravillosa a la que hacer masajitos y a agradecer que mi linaje sea tan longevo porque tengo mami y tías para un rato largo, si Dios quiere... que se suele decir. A agradecer que seguimos vivos. A agradecer que cada día es un nuevo día. A agradecer la parte confitada en todo lo agridulce...

Namasté.

  

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